Orígenes, Infancia y abuelos

Orígenes

Soy Alejandra Alcántara Salazar, segunda y última hija legítima del prominente juez Genaro Alcántara hijo y la pulcra beata Leticia Salazar de Alcántara.

Mi padre es el único hijo legítimo del juez Genaro Alcanzar y su fidedigna esposa Mercedes De Alcántara, a pesar de las múltiples infidelidades. Ya que mi abuelo tuvo el pene inquieto por decirlo de alguna manera. No me sorprendería saber de la existencia de un tío, pero eso es algo que hasta ahora no ha pasado. El juez Alcántara, el padre, quien poco tiempo después del nacimiento de su hijo pasaría a llamarse Galcantara, nombre que le adjudicó una mujer de sus tantos amores y única que se preservaría en su corazón, sin destruir su matrimonio, más bien dándole matices de romántico y enseñanzas de buen padre. Quiero mencionar desde ahora, que en sus años mozo, Galcantara no era hombre que una mujer pasase a su lado sin siquiera dedicar una mirada. Quizás por ello es que hay tantas historias que al final de sus días siquiera a su única nieta se atreve a contar. Es un viejo arcaico, de los que dicen que los amores clandestinos son los que no se confiesan ni en los sueños y se llevan a la tumban para no lacerar a los que nos aman. En cambio por parte de mi madre la historia es menos extensa aunque no por ello menos intensas.

Como mencioné en alguna parte, soy la segunda y última hija del matrimonio Alcántara Salazar. Esperemos, lo menciono tanto por mí, como por mi hermano Saulo, no tener otro hermano secreto o bastardo como llamó muchas veces mamá a Pedro Andrés. Desde el punto del juez, Pedro Andrés no resultó ser hijo ningún desliz por lo que todavía le jura a mi madre, que ella fue, es y será la mujer de su vida. La única. En tanto para mi madre, es una cuestión de patrón y tiempo. Patrón, porque según decía Genaro Jr. salió a Galcantara, engañándola, antes, durante y después del noviazgo y matrimonio. Tiempo, pues fue lo que ayudó a mi padre a mantener su cuartada, Pedro Andrés nació poco antes de que mis padres se casaran, cuando apenas andaban de novios y el juez tardó más de dos décadas en enterarse. No hay forma de un hombrazo de seis pies y con la musculatura de Pedro Andrés permaneciese oculto mucho tiempo y lo hizo durante veinticinco años.

A vista de los jurados, Saulo y yo, es injusto adjudicar como infidelidad, la existencia de Pedro Andrés. Si de algo pudo ser culpable papá, fue de ocultar su existencia, y lo hizo únicamente porque al igual que todos, lo desconocía. Se enteró en el momento justo, que mi madre abrió la puerta y apareció ese hombre diciendo ser hijo de preclaro juez Alcántara, jr. Pero esa es otra parte de la historia muchos años después, cuando acababa la secundaria, mi novio estaba a punto de pedirme matrimonio y mis padres perdían día tras día la rigidez en la manera de educarnos.




Infancia

No tuve una infancia desventurada como los Roble, aquellos quienes con doce y seis años pasaron la traumática experiencia de perder a sus padres, junto con el tío Rolando, a quien culparon de todo. Los chicos no tuvieron una exigua explicación justificando los sucesos. Para saberlo, leyeron la prensa y ataron cabos los siguientes años.

En cuanto a mí, consideraba buena mi vida, más por los reproches de mi madre, sobre gente en tal pobreza que siquiera podían estrenar ropa en año nuevo, que por detenerme y razonar mi fortuna. Ahora que lo analizo, Saulo y yo tuvimos muchas oportunidades de tener una infancia más acogedora; aunque a estas altura, no nos quejáramos. No sabríamos a ciencia cierta si de hacer “X o Y cosa” hubiese sido mejor. Mientras, si algo tenemos los hijos del juez Alcántara es que supimos aprender de nuestros errores y hoy somos adultos más o menos dentro del rango normal en República Dominicana. Con altura y peso promedio, sin enfermedades congénitas, sin traumatismos, al menos notorios o por el cual nos hagan caso y con un profundo amor y respeto hacia nuestros progenitores. Aunque confesamos que en nuestra niñez y adolescencia pensamos que eran bastantes extraños, ahora comprobamos que son padres, súper comunes y corrientes.

El caso de los Roble fue el primero de muchos que verías durante mi vida. Antes no tenía conciencia. A pesar de haber escuchado muchos chismes de patio, no estaba familiarizada. Quizás lo trágico y cercano del acontecimiento hizo que no pudiera olvidarlo.

En ese momento no tenía conocimiento del acto de infidelidad en sí mismo. Solo sentía una tristeza infantil por mis amigos Luis y Rubén Roble a quienes la vida le cambiaba súbitamente, sin oportunidad siquiera de preguntar ¿Por qué? Comenzaba a ver el mundo de una manera diferente a la que nuestra niñez debía ofrecernos y nada lograría hacerme dar marcha en retroceso.

Durante el transcurso de mi niñez recordé muchas veces los juegos de los chicos. Donde aparecía junto a media docena de chicos de ambos sexos, entre los que estaban Saulo, Rubén y Luís a mi lado como los inseparables amigos. A pesar de que había una balanza de edades que mi madre discutía.

—Alexandra no debería estar jugando con Saulo y Rubén, decía continuamente.

—Aunque Saulo y Rubén tienen doce años y nuestra hija seis, creo que es bueno, que al menos juegue. Además siempre están vigilados argumentaba mi padre.

Tuve grabado en mi memoria un momento preciso y durante muchos años era el recuerdo que guardé de Rubén, solo después supe para que servía, pero aun hoy, no sé por qué olvide muchas cosas de mi infancia y ese recuerdo se mantuvo fresco.

Me encontraba revolcándome en el pasto del jardín de Teresa, junto a Rubén, Luís, mi hermano Saulo y media docena de chicos, que de verlos ya no reconocería. Mi abuelo Galcantara intentaba hacernos una hamaca donde todos pudiésemos columpiarnos. Saulo me pellizcaba y Rubén me defendía con suspicacia, para evitar las burlas de resto de los chicos.

—Ya déjala Saulo, es una niña.

—Y tú la defiendes demasiado, argumentó Saulo, provocando la atención del grupo.

—Porque un día me casare con Alexandra, refirió con soltura, sin importarle generar burlas.

Ante el silencio del grupo, que no hizo ningún comentario maldiciente, Saulo mencionó lo que se casaría con Linda. Esta vez, todos reímos.

—Sera más fácil, que yo me case con Alex, que tú con Linda, refirió dándole un toqueteo en el hombro. Saulo se encogió de hombros y volvimos a jugar.

Rodamos por el pasto, muertos de risas por caernos de la hamaca. Quedé cerca de Rubén y por una vez Saulo se levantó a ayudar a mi abuelo, en lugar de hacerlo yo como era costumbre.

—Estoy aburrida, mencioné limpiándome el polvo del suelo.

—¿Qué quieres hacer?

—Bañarme en la manguera.

—Ahora no. Cuando seas grande, especificó Rubén.

—¿Cuando seas del tamaño del chico de los periódicos? Pregunté confusa.

—¡Uh! Si más o menos.

—No sé, la vida de los adultos es aburrida.

—No lo creo.

—Bueno… ah… no sé… creo que… quiero que probar el whisky.

—¿Qué?... ¿Por qué?

—No sé. Los adultos lo hacen. A papá le gusta.

—Entonces yo te daré whisky, me dijo.

Mientras comprábamos galleta a peseta (veinticinco centavos), comíamos golosinas hasta más no poder y hacíamos dulce de azúcar mientras jugamos al papá y la mamá, los adultos comenzaban a acostumbrarse a la falta de electricidad e inventando el nombre de los apagones. En el gobierno estaba el doctor Joaquín Balaguer quien poco a poco se le estaba torciendo la mano dura que utilizo en su periodo de los doce años. No obstante lograba embullar a la gente que poco sabían exigir, con el plan social de la presidencia al que llamaban las funditas. Recuerdo con exactitud ese camioncito rojo detenido en una esquina a todo aquel que se tomase tiempo para hacer la fila tuviese en unas funda de un rojo descolorido con nombre y sello de la presidencia unas cuantas mercancías para el uso del hogar, arroz, habichuela, pica pica, tablas de chocolate y algunos otros menesteres de la casa.

Lo cómico de la repartición era una vez acabada la distribución el conglomerado de gente que había recibido la ayuda comenzaba voceando al unísono.

—¡Cogemos la fundita y no somos reformitas! Era la misma manera como gritaban los estudiantes de la UASD en la huelgas estudiantiles, aunque voy a omitir eso de —¡Balaguer pendejo…! porque lo que sigue es aún más ofensivo.

Aun y todas las extrañas explicaciones de Galcantara, yo no entendía el fragmento de que el señor Robles de apariencia apacible, calmado, cariñoso y dueño de una voz trémula y dulce matase a su mujer. Aquella en cuya compañía disfrutaba de soleadas tardes de domingos con sus dos hijos en el parque. Otras veces dejaban a los chicos con Rolando y su novia de turno que bien se amoldaba a ambos niños sobre todo Luís, mientras los Robles disfrutaban de una agradable cena a la luz de la vela, con vino y terminada en una habitación del Lina.

Sin que Robinsón o sus hijos se lo imaginaran se gestaba su futuro marcado por una tragedia.

—El diablo los tapó con la capa corta, dijo mi abuela Mercedes al enterarse del terrible suceso.

—Abuela, ¿Qué significa capa corta?

—¡Alexandra! Estas muy chiquita para escuchar conversaciones de adultos, reprimió mi madre.

—Si no se lo decimos nosotros, preguntará en el colegio, repuso Galcantara, mi adorado abuelo.

—Significa que en la vida, cuando se hace lo mal hecho, Dios no nos apoya y el demonio es a quien le toca. El diablo tiene dos mantos. Cubre mucho tiempo las malas acciones con la capa larga, pero un día está ocupado en otra cosa. Cuando llega el momento, está demasiado rápido, lo olvida y te cubre con la capa corta, dijo mi abuela Mercedes. En ese entonces no entendí de qué demonios hablaba pero asentí gracias a que como de costumbre esa vez, no me botaron de la conversación. Años después comprendí que toda la perorata iba dirigida a mi abuelo y no necesariamente a darme un discurso que ni entendía, ni me interesaba.

Posterior al entierro, observaba a mi hermano jugar con cuanto chico apareciese frente a nuestra casa, pero no volví a ser parte del grupo e integrarme en sus juegos, porque Rubén y Luís no estaban presente. Frente a nuestra casa se juntaba más de dos decenas de niños me dedicaba a observarlos y a desear que a cada uno se los llevasen los extraterrestre y que trajesen a los chicos Robles.

Mi abuelo Galcantara intentó ocupar el puesto del señor Robinsón recogiéndonos los fines de semana y llevándonos a la playa, al campo o al play, pero no tenía la misma vitalidad y con el tiempo los paseos mermaron. En cambio, a pesar de no disfrutar los angustiosos paseos, amaba estar con él. Amaba ese olor limpio que después descubrí se llamaba almidón. Esos abrazos mimosos que me daba mi abuela. En ese entonces encontraba el cuerpo de mi abuela enorme a pesar de ser una mujer que nunca sobrepaso cinco-tres y su mayor peso fue noventa libras. Me sentaba en las piernas de Galcantara mientras Mercedes me ataba el cabello con más sutileza que mi madre y quedando mejor a mí gusto, el resultado. Acataba los mimos con normalidad y prefería estar en su cocina velando los deliciosos dulces que preparaba, a pasar la tarde con un grupo de señora rezando las avemarías y abriendo los ojos en medio de la oración para criticar a la señora que pasaba. No puedo decir que escuche nunca a mi madre decir —¡Pero que gorda esta! ¡El marido la dejo por una más joven! ¡No sé qué tanto se la da si todo el mundo sabe que se acuesta con el jefe! ¿Qué se piensa esa muchachita? Hace unos años era una cría adorable y hoy es una mujerzuela que se acuesta con nuestros maridos. ¡Si tienen dinero para cubrir sus caprichos!

Al menos de esta parte, mi madre se salvó de que incluya sus comentarios, porque si los hizo en ese entonces, fue a mis espaldas o cuando yo no entendía que significaban esas miradas que daba a sus amigas y luego estallaban en risotadas.

No entendía que se significaban conceptos como infidelidad, asesinato, suicidio o huérfanos, aunque esto último me parecía horrible el solo hecho de mencionar la palabra y las otras tres, aunque compañeras de clases intentaban explicarlo, simplemente no entendía.

Tampoco tenía conocimiento de la muerte aunque en esta última podía tener más experiencia gracias al listado de nombre de los perros, gatos y pollos que a mi corta edad ya recordaba que habían pasado por mi casa y partieron inexplicablemente enterrados en hoyos de centímetros cavados en el patio.

Mi madre, la laboriosa Leticia, antes de lo ocurrido, deseaba ciegamente que su matrimonio hubiese mantenido esa chispa encendida que a simple vista era notable entre los Roble. Creo incluso que hubiese aceptado la más evidente de las infidelidades de papá y las más incomodas posiciones, aunque este último no es un tema a tratar frente a ella por su reverente actitud y los tabúes de su crianza.

Aunque con esta afirmación este cometiendo el pecado del injurio, mi madre sospechaba la relación de Teresa con Rolando. Cuando sonó el primer disparo, se plantó frente a nuestra imaginaria casa y me arrastró del brazo junto a Luís. No lo hizo con Rubén porque este se le escapó y logró ver la mirada de su padre antes de que se desplomara inerte en el piso. Pudo abrazar y besar a su madre, terminando en un charco de sangre entre los muertos que no comprendía porque se marchaban, pero desde ya sabía que no iban a volver.

Al terminar el ordinario invierno que se llevó mis únicos amigos, yo vivía dentro de la más absorta niñez y sustentaba mis sueños en esas horribles muñecas que mamá solía coserme y obligarme a cuidar por considerar que las mujeres debemos desarrollar ese instinto maternal desde temprana edad y no andar jugando a los caballos, la plaquita y las bolitas con los amigos de mi hermano. Quienes por demás, preferían jugar conmigo, que era un oponente digno, a hacerlo con mi hermano que desbarataba el juego cuando las cosas no llevaban el rumbo deseado. Pocas veces pude jugar libremente los juegos “de chicos”, como los policías y los ladrones que tanto me encantaba donde siempre era ladrona, pero me divertía golpeando a las muñecas mientras ellas destruían sus casas jugando al boxeo o algún otro juego donde se golpeasen.

Al finalizar ese año escolar, entre en un periodo depresivo. Primero por no haber tenido amigo tras la mudanza de los Roble y por el acontecimiento de ver a mi madre preparando sus cosas para irse a casa de los abuelos. Estuve sumida profundamente en la triste niñez, cosa rarísima y que muy pocos ponían atención. Se tomó la decisión que todos padres preocupados por su pequeña y que buscaba una solución rápida, enviarme a casa de los abuelos maternos en San Pedro de Macorís a pasar las vacaciones de verano. La enfermedad no fue curada del todo con los mimos de la abuela Matilde, si a eso se le podía llamar mimos, los cuentos misteriosos del abuelo los cuales, lejos de terror me causaban risa y la diversión del campo, sino por otro detalle que muchos años después comprendí a plenitud. Ese fue el comienzo a que tres veranos después me diese cuenta que tenía un alma libre e inquieta. Cualidades que mi abuela Matilde vaticino como terrible, a la hora de elegir marido e intentara apaciguar porque de quedarme así solo podía traer tristeza a mi vida y a la de mis seres queridos. Para lograr que mi carácter se sosegara, recomendó juntarme con chicas dóciles y de buena familia. Se suponía que mis primas eran las adecuadas.


Abuelos

Eran Joselito Salazar y Matilde Palenque un par de viejos con la misma vitalidad y fortaleza que tres o cuatro décadas antes, en pleno apogeo de su juventud alcanzaron cada uno por separados. Habían logrado por cuarenta años, humanizar la altanería de la cual eran dueños cada uno por su parte; traer juntos al mundo diez hijos, de los que sobrevivían ocho y mi madre era de la penúltima; criar a un puñado de ahijados, sobrinos y nietos; y vivir una vida común y corriente que olvidaba sus orígenes.

Joselito Salazar, conoció a Matilde cuando ella era una moza a la que no le habían salido las tetas y se perdía entre los cañaverales del ingenio alimentándose de lo que encontraba a su paso. Descalza y con un vestidito que por la cantidad de sucio debían haberlo lavado por última vez hacia diez días. En esos mismos cañaverales fue donde estuvieron juntos la primera vez por llamarlo así, ya que ella no tenía la más mínima idea de que le estaba haciendo ese capataz del ingenio, pero lo que si sabía es que la matarían a palos. Joselito que tenía un gran sentido de “responsabilidad” sabiendo que había llegado muy lejos con la hija de Felipe Palenque, se dirigió a su casa y le dijo que se casaba con ella. Aunque era muy chica y siquiera se había formado, Felipe acepto. Primero porque sospechaba lo que sucedida en los cañaverales y segundo porque el chico era hijo de una buena familia, con tierras y ganado.

Tres días después como de costumbre en los campos, Matilde fue al “besamanos” preparado para ella, donde se apartaba totalmente de su familia y comenzaba la propia. Sin entender mucho el cambio, lo asumió con alegría porque le había gustado eso que hacía con Joselito a escondida y además le parecía divertido estar casada y poder mandar en su casa. Así había comenzado la historia de ese par de viejecito que años después una remendaba las camisas del marido, pegaba botones o unía sabanas de retazo con su pipa en la boca y el otro asaba maíz con los nietos, picaba la leña para el fogón o simplemente escuchaba el servicio público de “radio guarachita” bebiendo café de sus cafetales y esperando saber ¿Quién murió? ¿Quién estaba enfermo? O si conocía a quien estaba perdido en la emisora esperando que se le rescatara.

Ese y muchos otros veranos, los recuerdo en la casa de mis abuelos. Aprendiendo a tejer, tarea aburrida pero preferible a tener que cuidar las muñecas. Asando cajuiles con mi abuelo o retozando de mano con mis primos. En uno de esos veranos, ya no recuerdo precisamente cual, pero estoy segura de que estaba muy chica conocí a Gregory Vidal e incitada por mis perennes primas me hice su casta novia, a escondidas de mis abuelos.

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