Los Roble, trágico comienzo



Los Roble, trágico comienzo



No tuve una infancia desgraciada como Rubén y Luís Roble, aunque, con la cantidad de posesiones materiales ostentadas, debió ser una mejor niñez. La casa de los Roble quedaba continua a la nuestra. Una vivienda pintada de añil chillón, con una cerca de madera blanca mediana, pero, para un grupo de chiquillo era imposible traspasar sin ayuda. Tenían un jardín frondoso, con rosas, claveles, jazmín y orquídeas que eran la ardua tarea de Teresa. Las organizaba sembrándola por color y tipos en vistosos jarrones. El sugestivo jardín terminaba con un cerco de gramas en los alrededores donde los chicos nos revolcábamos tardes completas, disfrutando la edad de la inocencia y llenándonos de rasquiña y magullones. Esa casa era la envidia de la cuadra. No solo por el panorama de sus masetas, sino por sus habitantes.

Teresa relataba orgullosa lo detallista de su marido por conseguirle los tarros especialmente para ella.

—¡Quien va a complacerla sino yo! Expresaba Robinsón con satisfacción y colmándola de besos, sin impórtale quien estuviera presente. Ambos estaban convencidos que las demostraciones de afecto no eran pecado. Muchas mujeres envidiaban a Teresa por tener un marido como Robinsón Roble. Un hombre atento, afable, detallistas y un excelente padre.

Robinsón llegó a su casa luego de interrumpir un laborioso día de trabajo. La intención era disfrutar con su hermosa familia la organización de la cena de navidad. Amaba las festividades navideñas, tanto como sus hijos.

Lo recuerdo como el papá que usaba el disfraz de Santa Claus y nos entregaba regalo a todos los chicos de la cuadra, sin olvidarse de ninguno. A su casa corría mi hermano Saulo, para evitar el castigo luego de una travesura; yo pasaba horas en su hogar entretenida mirando la tele; bajo ese techo encontró auxilio más de un niño queriendo escapar de alguna golpiza. Por supuesto, no era un padre apoyador de las diabluras, pero sí mucho más flexible que los padres de nuestro entorno, por lo menos en cuanto a los castigos. Era él quien hurtaba los dulces del comedor de Teresa como si fuese un niño, para repartirlo a quien respondiese las preguntas que formulara sobre diversos temas. En definitiva, el señor Robinsón era un ser cariñoso, juguetón y envuelto en un ambiente de complicidad con los niños.

A demás de la navidad, adoraba los días de verano cuando el señor Roble dejaba sus ocupaciones y recogía un grupo de chiquillos en el barrio y terminábamos comiendo helados y bañándonos en Boca Chica bajo su estricta supervisión. Nadie se atrevía a romper las reglas, con las cuales era bastante riguroso, su norma más importante era bañarse dentro del límite establecido.

Volviendo al relato. Ese día, Robinson entró a su casa tarareando su canción favorita de navidad, —“Navidad, navidad, hoy es navidad. Es un día de alegría y felicidad. Navidad, navidad...”

Iba tan feliz, que le restó importancia al inconsciente que aparcó su auto frente a la puerta del garaje, obstaculizando su entrada. Dejó su carro frente a nuestra puerta, caminando varios pasos extras e ignorando la molestia producida. Casualmente, encontrar su entrada ocupada era una de las pocas cosas que podían fastidiarlo, al punto de subir cinco pisos y sin intentar utilizar buenos modales decirle a quien ocupara su parqueo que era un desconsiderado y que por personas como él este país no progresaba.

—Hasta que no respectemos a los demás, incluyendo sus parqueos, no tiremos la basura al zafacón, nos quedemos mirando la tele cuando debemos llevar a nuestros hijos a la iglesia o nos molestemos en corregir a quien actúa mal, entonces seguiremos siendo el país que somos. —Nos pasamos la vida hablando del gobierno, de los funcionarios, de los ricos, pero ¿Qué hacemos por mejorar? ¡Nada!

Esa tarde decidió que no era tiempo de reclamar a nadie, aunque tuviese sobrada razón. Entró directamente a la sala, dando saltos con su maletín y esperando ver a su mujer agitada con los preparativos. Teresa se ponía histérica cuando las cosas no le quedaban según los planes. Por supuesto, estaba allí para ayudarla y lograr que todo quedase a pedir de boca.

Ese día, llevaba con él su nueva adquisición en la bolsa. Era negra y niquelada, con el mango cubierto de cuero, y tan fácil de disparar como segura. De no ser por el gran cúmulo de trabajo, habría pasado el día presumiendola con sus amigos y subalternos de la compañía de seguros. Todos querían una, pero su único deseo era mostrársela a su esposa, esperando contagiarla con su entusiasmo. Ambos estaban en contra la violencia y las armas, pero después de varios incidentes con compañeros y algunos robos en un par de casas de la comarca, era momento de prevenir en lugar de lamentar.

—Es por protección, la gente cree que cargo mucho dinero en la calle amor y después de lo que le paso a John quiero estar protegido, expuso para convencerla.

—¿Si entran a robarnos y no te da tiempo a buscarla para defenderte…? ¿o si también están armados…? ¿o si matas a alguien…? ¿o si los niños la encuentran y se lastiman…?

Cuando Teresa enunció sus suposiciones, nunca pensó que la desgracia dormitaba tan cerca.

Al pasar a la cocina, Robinsón se sorprendió de encontrarla desolada. Pronto seria noche buena, en la estufa, hervían a fuego lento los vegetales para la ensalada rusa, zanahoria, tayotas , remolachas, papas, huevos... todos los ingredientes que usaba Teresa para prepararla y por lo que se había convertido en su plato favorito. Tomó un cubierto y verificó el punto de cocción antes de apagar el fuego. Probó los dulces que aún reposaban en la meseta, sin ser arreglado en la bandeja e introdujo el pollo sazonado al horno para agilizar las cosas y sorprender a Teresa a su regreso, de donde quiera que estuviese. No acostumbraba a dejar la estufa encendida y salir.

Vagó unos minutos por la habitación de los chicos cerciorándose de su ausencia. Era extraño que saliesen de la cocina un día con tantos movimientos. Rápidamente esfumó la inquietud sacando una cerveza de la nevera. Mientras caminaba hacia el equipo de música para sintonizar su emisora navideña favorita, un ruido captó su atención. Detuvo las manos a centímetros del botón de encendido y afinó el oído. El ruido provenía de la habitación matrimonial. Despacio y con expectativa, se dirigió hasta la puerta del dormitorio. La habitación donde tantas veces había amado aquella mujer que durante trece años simuló ser la esposa perfecta.

Un gemido le aceleró el corazón mientras sostenía el manubrio de la puerta. Escuchó un murmullo dentro y cuando estos se mezclaron con cuchicheos, se quedó pasmado, ajeno al mundo. Conocía esos quejidos de placer que se escuchaban del otro lado de puerta. Por un segundo apareció la idea de volverse y hacer ruido al llegar, pero, pronto los comentarios de su madre diciéndole que Teresa era una cualquiera, le regresaron a la realidad. No, su Teresa no podía… no después de todas las cosas que habían superado en su matrimonio. Ella no lo traicionaría, ella no era capaz… y antes de terminar de girar el manubrio, a pesar de escucharla, no conseguía creerlo.

Percibir una risa intima de complicidad y el susurro de la pareja haciéndose promesas, lo aterrizó abruptamente en el mundo de los vivos abarrotándolo de ira. Por su mente pasaron las imágenes del Toyota gris, con los vidrios oscuros parqueado frente a la puerta, atando los claros hilos que ahora eran obvios. Vislumbró con claridad la imagen de quien susurraba promesas de amante a su adultera mujer, quién brindaba en ese momento el placer, que en tantas mañanas, tardes, noches y madrugadas dio él.

Todo es hasta un día1 y con ese pensamiento empujó finalmente la puerta y divisó a la mujer con la que llevaba trece años haciendo esa perfecta posición de flor de loto. Teresa se bamboleaba sobre Rolando, haciendo círculos sobre su pene. Rolando extasiado y colmado de placentero sudor, deslizaba una mano en la espalda de Teresa como si la guiara y la otra en su cuello, mientras su cabello pendulaba.

Por su mente pasaron las escenas del día que Teresa le presentó a Rolando como su primo, hacía poco más de seis años. Hijo de la supuesta tía Lola, la cual se la pasaba en New York alardeando de un marido quince años más joven. A pesar de las frecuentes visitas del primo a la casa, Teresa y su tía no tenían una relación cercana, pues Teresa argumentaba que no tenía familia y Robinson preferida quedar excluido de esos débiles lazos sanguíneos.

Rolando fue el primero en percatarse de la presencia de un tercero en la habitación e inmediatamente los excitantes movimientos se detuvieron. La cara de Teresa dibujó una contúndete expresión de horror, levantándose rápidamente y cubriéndose con la sábana blanca, sin importarle dejar totalmente descubierto al amante, mientras el marido pensaba, en las tantas veces que se habían escondido en esas mismas sabanas, fingiendo jugar a las escondiditas.

—¡No es lo que piensas! Fueron las primeras palabras que salieron de los labios de la traicionera mujer amada. ¿Qué demonios creía ella que estaba pensando? ¿Qué hacían el amor?

Rolando comenzó a vestirse avivadamente, pero el sonido de la corredera en la reciente adquisición de Robinsón, lo detuvo.

Comenzaron un sinnúmero de suplicas, explicaciones y disculpas que Robinsón no escuchaba y que de nada hubiesen servido.

—¡Esta fue la única vez! ¡Perdóname mi amor! ¿Qué estas pensado hacer? ¡Baja esa pistola para que hablemos! ¡Las cosas no se resuelven así hombre!

Entre las dilucidaciones, el primer balazo sonó en casa de los Roble. Sin mucho tiempo de diferencia sonó un segundo. Y luego, cuando el arrepentimiento llegó, no existía manera de regresar las acciones, intentar preparar la cena de noche buena, obviar que su hijo mayor era de su hermano y el menor tal vez era del amante. Miró el cuerpo inerte de Rolando y el agonizante de Teresa, quien lo miraba sin fuerzas siquiera para odiarlo, por dejar dos pequeños huérfanos.

—¡Nuestros hijos! Susurraba. Entonces, la miró fijamente colocándose en el arma en la cabeza.

—¡Tus hijos! Y fue cuando sonó un tercer disparo y un niño temeroso se aproximó al cuerpo desnudo de su madre, mientras su padre permanecía recostado en el marco de la puerta con una pistola junto a él y un balazo en la cabeza.

Rubén Roble tuvo tiempo de abrazar a su madre y terminar empapado de su sangre, mientras ella en mandatos incoherentes le pedía irse para evitarle verla morir y lo abrazaba despidiéndose y pidiéndole perdón. Era un chico y como si alguien ya le hubiese relatado el final, lo veía venir. Cada vez que su madre lo enviaba junto a Luís al patio a jugar, se le aceleraba el pulso, pero nunca pensó que el final fuese tan lúgubre. Besó la frente de su madre evitando derramar lágrimas, se limpió las ensangrentadas manos del pantalón para acariciarle la cara y mentirle. Engañarla, prometiéndole que todo estaría bien, que se recuperaría pronto. Embaucarla, diciéndole que le perdonaba el desliz que lo dejaba sin padres. —Te amo mamá, te amo, le decía sinceramente sospechando que no volvería a hacerlo y temiendo que jamás volverían a respóndele. Al menos, no su madre.

—¡Cuida a tu hermanito, por favor! ¡Lo siento tanto! ¡Te amo Rubén! ¡Jamás olvides que te amo Rubén! ¡Perdóname! Tu papá…





1 Frase de mi amigo Nicolás.

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