Gregory Vidal
Gregory Vidal era un mestizo fuerte, de ojos claros y cabello oscuros, su piel era la mezcla de una mulata menuda y un santiaguense fornido y alto, de ojos claro y cabello ondulado. Afortunadamente salió al padre y su única diferencia era el color quemado de piel heredado de su madre. Eso le evitó muchas especulaciones a lo largo de su vida. Aunque los chismosos, aun con el evidente parecido con Rodrigo Vidal lograban encontrarle otros rasgos. Gregory vivía como ajeno a los comentarios y especulaciones de su desgraciada infancia como si no existiese un pasado pesando sobre él. Me había hecho recordar al chico de los Roble, mi amigo Rubén con el cual no tenía comunicación desde que tuvo que partir a casa de su abuela. Algo contrastaba entre ellos, la mirada de paz dibujada en el rostro de Gregory como si fuese un alma conciliadora, mientras que la última que recordaba haber visto a Rubén, impregnaba odio. Años más tarde tendría oportunidad de compararlos, pero eso sería muchos después. En esta parte de la historia no uso pintalabios, ni tacones, no me hago moños altos y no me visto con la ropa que llevaban puesta la supermodelos.
Gregory fue educado hasta su once años en la dependencia total del campo, la tutela de su abuela, la cual tenía seis décadas y los familiares de su padre que se lo diputaban los veranos. Como única supervisión masculina en transcurso de su niñez estaban algunos vecinos que se dedicaban a corregir algún mal pasó por el cariño, el respecto ganado por su joven padre y la consideración que tenían para con su abuela a pesar de los comentarios que circulaban.
Su madre fue una mestiza con los ojos tan negros como la oscuridad en noche de luna nueva y el cabello rebelde le llegaba hasta terminar la espalda. En sus años adolescentes corría como los chicos del campo toda digna de su belleza y sin más atadura que su viuda madre y Francisco, el chico moreno de los vecinos que al igual que ella fue educado en la rudeza de los potreros, los campos de caña y el vasto río Higuamo. Era con quien algún día pensaba casarse, claro después que el declarara su amor ante su familia y por supuesto no tenía mucha prisa.
Rosarito se casó casi por conveniencia con Rodrigo Vidal, quien se entusiasmó con la muchacha, desde que heredando en ese lugar alejado, fue a visitar sus tierras en San Pedro de Macorís. Rosarito subía del río con una cubeta de agua en la cabeza, dos postes de cinco litros en la mano izquierda y con la derecha se comía un mango. Venia descalza, con medio vestido cubriéndole las piernas y una camiseta del partido rojo sajada y amarrada sobre el ombligo. Luego de observarla embelesado por varios minutos un pájaro lo hizo reaccionar, se acercó y brindó su ayuda retirándole el cubo de la cabeza un tanto por caballerosidad y otro tanto por enamoramiento a primera vista. La muchacha sonrió y le brindó del mango a lo que se negó. Tan pronto entró el agua en la cocina, la muchacha desapareció corriendo al monte.
Se dio vuelta con la sonrisa en el rostro y se chocó con Rosa Lucerna mirándola inquiridoramente. —Una especialidad de tierras en Nueva Zelanda no es para cargar cubos de agua del río, comentó.
—Estaba ayudando una muchacha, dijo a modo de explicación y disculpa por estar en su cocina.
Rosa Lucerna asintió. —Esperémos que no se te haya perdido nada muchacho y tus tierras están siguiendo ese caminó, señaló viéndolo tomar el sendero contrario.
Rodrigo Vidal era un hacendado heredero proveniente de Santiago a quien la vida deparaba un próspero futuro. Se enamoró perdidamente de la chica al punto que hubiese sido capaz de vender su alma por ella.
—Soy capaz de cualquier cosa con tal de que la piel mulata de esa mujer su mía. Cuando lo dijo, no sabía que ese amor le costaría la vida.
Gracias a la dedicación voraz de su trabajo en los campos de caña que el ingenio había dejado ya de cultivar, los postreros y con su título de agronomía tenia no solo el respecto que daba el dinero y el trabajo duro, sino también la educación. Pronto se convirtió en querido y respectado por todos y por ello entro con buenos ojos a la casa de la viuda Lucerna que no permitía ningún hombre entrara a su casa para evitar que las ideas de su hija Rosarito se propagaran ya que por sí solas eran extrañas.
Las ideas de Rosarito la sacaban de cuántos libros leía, algo muy avanzado para un campo de la región del este donde ella nació y creció.
“Los hombre y mujeres tenemos los mismos derechos, ninguno tiene que maltratarse y la fidelidad depende de ambos, a menos que sea un mito.”
Cuando su madre le notificó que tenía novio no se puso a llorar como haría cualquier chica. Rosarito nunca fue débil, a pesar de que la mitad de su vida la pasó con un padre ausente en los pocos hoteles de Bávaro y la otra mitad muerto por una enfermedad de transmisión sexual. Le explico a la madre las razones por la cual no podía tener otro novio que no fuese Francisco Heredia. No hubo nada por lo que Doña Rosa De Lucerna revocara su decisión. Estaba vieja, Rosario era muy alegre y vivaz y esas cualidades eran de poco apreciar en una mujer. Además no quería que su hija sufriera por esas ideas que aprendió en la escuela, con la profesorcita que se había vuelto loca. Rodrigo Vidal era joven, inteligente, rico y para completar apuesto. Era un buen hombre y sería un buen marido porque estaba notablemente enamorado de su hija. Rosarito pidió conocer al novio antes de efectuar un contrato. Su ojos se abrieron como dos platos a ver que el afamado novio y de quien hablaban tanto era nada más y nada menos que el ayudante del rio. Tan pronto Francisco se enteró de que la mujer que quiso desde niño, pidió conocer a su futuro esposo, partió a la capital furioso sin darle tiempo de una explicación. La dejo de pies en la parada de San Pedro-capital, como recuerdo, un sinnúmero de insultos que ni él sabía significado y el olor a caña en la piel.
Los meses pasaron y Francisco Heredia no contestó ninguna de las notas con buena ortografía y letra legible que le llegaran por medios de sus amigos desde el campo. Algunos no querían desalentarla pero los meses lograron forjarle la idea de que Francisco conoció a otra y terminó olvidándola.
Por meses aguantó las lágrimas esperando la reaparición del novio, pero no ocurrió. Andaba triste por los caminos, hacia sus quehaceres sin entusiasmo y siquiera le provocaba leer. Una tarde viéndola afligida, un amigo de Francisco se acercó y le comentó que este ya tenía mujer en la capital. Sospechaba que era idea de su madre, para desanimarla, pero no tenía otra explicación. Por mucha rabia que tuviese, ya era tiempo suficiente para calmase y volver por la explicación. Si Francisco no venía, era por una sola razón, se olvidó de ella. Sin otra alternativa aceptó el noviazgo y fatídico matrimonio.
Se encontró a Rodrigo cuando su madre la envió a la bodega por azúcar.
Rodrigo la vio llegar y se disculpó de sus acompañantes a quienes les invitaba el trago de la tarde luego de la larga jornada de la semana. Espero que dependiente la despachara y partió con ella como perro faldero esperando que se dignara a dirigirle la palabra. Viendo como el hombre la seguía, intentaba hacerla charla, se molestó. Por primera vez la molestia no era contra el pretendiente sino contra ella misma y contra Francisco por haberla olvidado fácilmente, pero Rodrigo pagó los platos rotos.
—Como te dijo mi madre, me casaré contigo, fueron las primeras palabras de la conversación.
—No pretendía creerlo hasta escucharlo de ti, contestó con los ojos brillosos de alegría.
—Me caso, pero ten pendiente que no te amo y nunca te voy a amar.
Rodrigo se detuvo en seco poco antes de llegar a la puerta de la casa de Rosa Lucerna. Nunca se le habló tan brusca y despiadadamente. Rosarito acababa de provocar en el hombre una de las heridas más grande que en ese entonces llevaba su corazón.
Cegado por el desplante y herido en su orgullo el hombre estuvo a punto de retirar su oferta de matrimonio. Si no hizo, fue porque a esas alturas, amaba profundamente a la chica y tenía esa espina clavada en el corazón la cual no daba más importancia que una simple rabieta. En el fondo de su alma anhelaba que Rosarito Lucerna le amara y le hiciera tan dichoso, como pretendía hacerlo con ella. Estaba convencido que podía hacerle más feliz que cualquier mugroso campesino. Para ese entonces habían llegado a sus oídos noticias de los amoríos de Rosarito con un fulano Francisco Heredia hijo de uno de sus capataces de los potreros cerca de los cañaverales del ingenio.
Tal como vaticino doña Rosa, Rosarito comenzó a tejer en su mente la idea de que su amor por Francisco no fuese más que un sueño pasajero de su niñez y rápidamente fue mirando aquel hombre de ojos color miel del cual su atractivo, nunca paso por debajo de la mesa. Era fuerte, afanoso y terco, pero también cariñoso y tanto o más hombre que Francisco. Se estaba ganando el cariño de todos sus vecinos y trabajadores, sin mencionar que con un poco de esfuerzo lograría que sus tierras fueran las más prosperas del Este.
La tranquilidad y orgullo con que el hombre acepto cada uno de sus desplantes la llevo a sentir compasión y luego a admitir que de haberlo planeado, Rodrigo Vidal era el mejor partido que podía desear. Veía en los ojos de Rodrigo ese amor fuerte y aunque provocaba temor, esto ayudo a apiadarse de él y dejar de mortificarlo solo para saber hasta dónde llegaba su paciencia. Poco a poco fue aceptando con miedo las atenciones del novio, con quien se negaba a estar a solas más por vergüenza que por desconfianza. Él, con todo cariño y respecto se encargaba de colmarla de los regalos que traía desde Europa su madre para la mujer que eligiese como esposa. Cuando salían a pasear invitaba a una prima ya que desde el primer momento vio la renuencia de esta a quedarse a solas. La colmaba de obsequios, le copiaba poemas de Rubén Darío con su caligrafía intachable, y hacia cuantas cosas se le ocurrían por hacerla sacar una sonrisa. En la tarde pasaba por la casa de Rosa Lucerna y se quedaba expiándola sin que ella reparara de su presencia. Le gustaba verla reía, retozar con sus primas y correr libremente.
Una tarde dejo doblado un poema llamado Rosario de José Martí. Rosario llego a su habitación y observo una hoja doblada pegada a su espejo. La tomo y la leyó. No pudo dejar de llorar las dos noches siguientes, cuando leyó en su caligrafía intachable, “Yo siento todo por ti Rosario Lucerna” Se mi esposa. Deja de mortificarme y conviértete en mi mujer. Cásate conmigo para siempre.
Rosa Lucerna mando a buscar al prometido, porque nada que hacía, ayudaba a que su hija dejase de llorar. Tan pronto lo vio Rosario lo abrazo. Era su primer abrazo. Se enjugo las lágrimas y se convenció de que el hombre le amaba, quizás más de lo que merecía, pero dejaría de mortificarlo para desilusionarlo. —No soy la mujer que cree…
—Eres la mujer que amo, la que me cautivo con un cubo de agua en la cabeza y comiendo mango, eres la mujer con quien quiero pasar el resto de mi vida, determinó.
—Este es el momento de echarte para atrás, advirtió enjugándose las lágrimas.
—Echarme para tras Rosario, ¿Cuándo has visto que un hombre retrocede frente a la mujer que quiere? Preguntó mostrando su disposición a todo con ella.
La tarde del domingo siguiente llego y la encontró esperándolo, bañada y usando uno de sus vestidos de domingo, se sintió dichoso. Esa tarde le dio el primer beso. Finamente ella comenzaba a responder a su cariño y con ello se pagaba cualquier desplante.
La boda se celebró siendo Rosarito Lucerna una de las pocas chicas pobres que un hombre llevaba al altar de velo y vestido blanco. En la fiesta hubo bebida hasta el amanecer y comida hasta saciarse y desperdiciar. Los trabajadores bailaban y celebraban. Algunos recogían platos para llevarles a sus familiares que no asistieron al matrimonio.
Los sueños de Rodrigo Vidal se desvanecieron cuando a una semana y media de la boda no había logrado que su mujer se entregarse. Para cuando lo hizo prácticamente a la fuerza descubrió que no era el primer hombre en el cuerpo de la altiva mulata. Enloqueció de rabia, cuando reclamo y ella le confesó que fue Francisco Heredia un campesino mugroso, como lo consideraba, el primer hombre en su vida. No se arrepentía, porque error o no, era parte de su pasado, de quien era. La sostuvo bruscamente y entre reproches, rabietas y grito, esa noche la doblego haciendo uso de su fuerza. Era un amor que estaba destinado a la tragedia, dijeron mucho tiempo después, cuando sus caminos finalmente se separaron para no volver a reunirse nunca jamás. Al menos no en esta vida.
Luego de sentirse peor que un perro por la atrocidad realizada contra la mujer que decía amar, se encerró en “La Casita” un prostíbulo famoso de San Pedro que se convirtió en un restaurante familiar quince años después. De haber encontrado en esos días a Francisco Heredia estaba seguro de que le pegaría un tiro sin ningún miramiento.
Con dinero, sobornos e incluso suplicas logro que los hombres a su alrededor le hablaran de la relación que tuvo Rosarito con el tal Francisco. Se enteró por medio de esto, que fueron novios desde niños, que se adoraban y esperaban algún día casarse. Algunos justificaban que Francisco se marchó cuando ella acepto el matrimonio y no contesto ni una carta porque la sabía perdida. Otros alegaron que la abandono por irse a la capital a hacer una mejor vida, alegando que la aparición de un nuevo pretendiente no fue el motivo, sino la excusa para abandonándola. Llevaba mucho tiempo pensando irse a la capital y preferiblemente su partida era sin Rosario.
Justamente ahí, comenzó la mala vida de Rodrigo Vidal enamorado de una mujer que no le amaba, comportándose como un animal y luego sintiendo desprecio por sí mismo entre borracheras y mujeres de los prostíbulos. La educación que recibió mucho dictaba de ser conservadora por lo que fue entendiendo que Rosarito era una mujer que debió nacer en otro país para que no fuesen aplacadas sus ideas, pero desgraciadamente él no podía alimentar ese comportamiento o se convertiría en el hazmerreír de toda la población San Pedro Macorícense.
El carácter de Rosarito se doblegó al punto de dejar de ser la mulata altanera de pelo largo y dedicarse mansamente a su marido, al cual queriéndolo o no le causo más momentos de penas y sufrimientos, que de alegría.
Rodrigo al ver que la frescura y la alegría que tanto le gustaban en ella, estaban desapareciendo, tornándose en auge de grandeza y dedicación que tanto odio por años en su madre. Esa dedicación a obras de bien, a su familia pero que la consumía poco a poco en la tristeza de una existencia vacía, le propuso, con todo el dolor que le causaba, que se marchara.
—Me case contigo para hacerte feliz y no lo hago. Es mejor que te vayas. Puedes viajar, conocer mundo, te puedes ir a Europa si quieres, le propuso.
Ella que no tenía otra esperanza, que aprender a comportarse como una dama extranjera, de esas que tanto hablaba su marido, se negó a marcharse y ser una divorciada.
Para cuando se escucharon los rumores del repentino regreso de Francisco, Rosario sin saber de los rumores, había recapacitado y pretendía aceptar la propuesta.
—No tienes que darme tu dinero para irme. Me quedare aquí o en la capital si mi madre no me acepta de regreso.
—Tú eres mi mujer Rosario y que se cuide Francisco Heredia de toparse en mi camino porque no va a vivir para contarlo.
Desconcertada Rosario asintió. No entendía la rabia del marido y tampoco que mencionara a Francisco a esas alturas. Esa misma semana se enteró que estaba embarazada.
A pocas semanas de enterarse del embarazo, también se enteró que Francisco había vuelto. Lo supo porque encontró un grupo de cartas en casa de su madre. Cuando le preguntó, con ellas en las manos, la madre resuelta le contesto que se acostumbrara. —Francisco es nadie para ti. Dedícate a tu marido y al hijo que viene en camino, dijo arrancándole el fajo de cartas de las manos y lanzándolas al fogón de tres piedras. Miro los papeles de cuadernos arden con el fuego.
—¿Cuántas cartas recibiste antes de me casara con Rodrigo? Preguntó serena.
—Ninguna. Empezaron a llegar un mes después de tu matrimonio, contestó.
—Para que lo sepas de una, Francisco anda por ahí preguntando por ti. Si te lo encuentras, ten la decencia de ignorarlo, tal como él lo hizo contigo cuando le enviabas cartas a escondidas.
Dio media vuelta y no volvió a ver a su madre hasta la noche del parto.
El embarazo fue consumiéndola día a día en tristeza, como un pájaro que es enjaulado luego de haber sido libre toda su vida. Aun así frente a su marido mostraba alegría, que apenas mostraba algunos hilo de su desolación. Finalmente Rodrigo se convenció de que el difícil comienzo quedaba atrás y su mujer le amaba, tanto como él la amaba.
Esos meses fueron los mejores de su vida, pasearon por el malecón agarrado de la mano, uso la ropa europea traída por su suegra y se acomodó a que su marido complaciese todos los caprichos. El marido la invito a conocer Europa y acepto. Con sospecha, Rodrigo la vio coleccionar fotos y postales de los lugares pero nunca los envíos. Las guardaba en un cofrecito que adquirió en Barcelona el primero de sus destinos. Pensaban que era para su madre y aunque se preguntaba la razón de su alejamiento no quiso indagar. Regresaron dos meses antes del parto. Luego de pasar seis meses en Europa, muchos pensaron que se quedarían. A pesar de que Rosario extrañaba sus tierras, Rodrigo era quien estaba más empeñado en sacar adelante ese sueño. En esos meses se vieron felices.
El niño nació en abril, luego de casi dos años de matrimonio con los rasgos físicos del padre afortunadamente para acallara a cuantos quisieran opinar. Rodrigo Vidal lo sostuvo en sus brazos sintiéndose el hombre más dichoso del mundo.
Dos semanas después mientras baja la colina en un vehículo al junto de Francisco Heredia, Rosarito Lucerna De Vidal murió instantáneamente. Muchos comenzaron a especular del parecido inexistente del niño con el presunto amante y fueron los mismos que comenzaron los rumores de que se iba a fugar con Francisco. Otros, los de alma más piadosa y quienes estaban convencido de que Rosarito llego amar a su marido en esos últimos meses, alegaron en su defensa que si andaban juntos el día del accidente era para persuadirlo de que le dejara en paz. Era feliz y no existía nada que pudiese apartarla de su hijo y de su marido.
Poco tiempo después del entierro de Rosarito, Rodrigo puso en regla los papeles dejando como heredero a su hijo. Coloco el niño en brazos de doña Rosa Lucerna luego de darle un beso, se pegó un tiro.
No dejó una nota. En las conversaciones sostenidas con algunos amigos que intentaron darle apoyo le decía que los recuerdos de haber sido tan atroz con Rosarito no le dejaban vivir, aunque nadie compartía con él la idea de atrocidad. A su madre le confesó que soñaba con ella y en sus sueños ella le pedía que fuera con ella, que tenía miedo de estar sola y que temía que Francisco volviese a ganar ese amor que había olvidado en sus brazos. Con la tristeza de haberla perdido en vida y la esperanza de poder tenerla en la muerte, se dejó ganar. En esos días su madre viajo pero ya su hijo menor se había suicidado no le quedó más remedio que dedicar sus esfuerzos a su consuegra quien aunque no tenía ya muchas fuerzas se le enfrento indispuesta a dejar que se llevara al nieto.
Los primeros meses fueron una lucha constante entre las dos mujeres, se acusaban de cuanto reproches le llegaban a la mente ante la situación. Una tarde, cansada de los escándalos Matilde las reunió en su casa con una tonta excusa. Ante la impertinencia de ceder de ambas le hizo entender que ambas querían lo mejor para su nieto y fue así como pactaron que Gregory Vidal viviese con Rosa Lucerna hasta que cumpliese catorce años. Luego de esto tendría la educación de la que su padre se habría sentido orgulloso.
Aun así, Gregory no parecía conservar eso malos rudimentos que entorpecieron el inicio de su vida, sobretodo porque fue educado por Rosa Lucerna y no hubo una sola pregunta que si no conocía la respuesta al menos no la inventara. Luego de que cumplió los trece y solo venia para estar los veranos con su abuela, los cuales se veía obligado a compartir con los familiares de su padre en Santiago. Poco después se dedicó a pasarlos conmigo pues siempre considero nuestro amor diligente, a pesar de esa chispa de paz en su rostro mantenía ese semblante de precaución. Cuando cumplí diecisiete años, me pidió que si me gustaba otra persona inmediatamente se lo dijese y fue así más o menos como lo hice años después, mucho antes de conocer a Ángel Duran y cuando él no merecía esa consideración.
Cuando cumplí once años, en el verano de mi séptimo grado comenzó a molestarme el hecho de que Gregory pudiese decir que tenía una novia, siendo esto celebrado incluso por mi abuela y yo tuviese que mantenerlo oculto. Para él, el mismo hecho era una hazaña y para mí un pecado.
Desde esas vacaciones de verano todos los demás cambiaron.
Gregory tuvo que mudarse con sus abuelos paternos definitivamente, pero volvía todos los veranos para pasarlos conmigo como ya estábamos acostumbrados, aun y solo fuese como al principio castamente y mucho después elegimos horarios en los que reviviríamos nuestra incondicional amistad.

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