A la vista
Una historia que me consterno muy cercano de mi infancia fue un amigo muy cercano a mis abuelos. Mis abuelos paternos, Galcantara y Mercedes. El señor conoció a su esposa en la avenida Las América. Mientras regresaba de un viaje desde San Pedro ella pidió un aventón para llegar a la capital. Ese día salió de su ruta y llevo a la jovencita hasta la universidad. Intercambiaron teléfonos y se hicieron amigos. El comenzó a visitarla, ella también calentaba la relación. Con el tiempo, el trato y la convivencia se descubrieron enamorados. Fueron conociéndose, se hicieron novios y terminaron casándose apresuradamente cuando ella quedo embarazada de su primer hijo, aun en contra de todas las especulaciones familiares, quienes deseaban verlo con una joven más tranquila y con la ropa más larga.
Luego de cuatro años de matrimonio y tres hijos, un buen día llego a casa y ella se había marchado con un compañero de trabajo. Especifico, del trabajo del marido, pues ella no trabajaba. Él se ocupaba según decía de darle todo lo que necesitara para que simplemente se ocupara de él, su casa y sus hijos.
Desde el momento en que su mujer lo abandono el hombre perdió completamente las ganas de vivir.
Toda la familia andaba preocupada por el susodicho. Intentaban levantarle el ánimo con la premura de que en cualquier desgano pudiese cometer una locura. Se turnaban para visitarlo, lo invitaban a comer en las festividades, trataban de mantenerse al tanto de sus hijos, su trabajo y sus amigos. Lo trataban como un niño huérfano de padre y madre y además en silla de ruedas. El hombre se habituó al trato de tullido y a veces me parecía enfermo en lugar de cuerneado (traicionado).
Cuando apareció ante mi abuela Mercedes buscando consejo y consuelo, la vieja lo trato como si nada hubiese pasado. No con la pena y el cuidado con que lo trataban todos los familiares.
El hombre comenzó a contarle sus tristezas y su victimaria vida terminando por echarse a llorar y ella le dijo que no era un pañuelo para enjugarle las lágrimas. Desconcertado por el trato frío que le daba la mujer más cariñosa del mundo comento que no tenía deseos de vivir.
Mi abuela lo miro furiosa, se levantó de la silla, abrió la puerta y le pidió secamente marcharse de su casa en ese preciso instante antes de terminar perdiendo la paciencia.
Sin comprenderla el abuelo intervino pues la victima simplemente necesitaba consuelo y por primera vez Mercedes se negaba a secar las lágrimas de una persona desolada y triste.
—¡Déjese pendejada hombre! Lamento sus circunstancias, pero era obvio. “Que esperaba usted de una mujer que se la encontró en la calle.”
Mi abuela, simplemente expreso algo que se veía venir. A él lo tomo desprevenido, porque no quiso ver lo que estaba ante sus ojos.
Aun así, fue uno de los casos que me dio más tristeza. Quizás porque tuve oportunidad de ver al susodicho dando gritos en las esquina por su mujer. Bueno su ex mujer, pues desde que se fue de su casa se convirtió en la mujer del otro.

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